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Enfermedades del perro>ENFERMEDADES POR VIRUS DISTEMPER CANINOMoquillo. A pesar de que su incidencia ha disminuido notablemente, gracias al empleo de vacunas, el moquillo está considerado, entre las enfermedades infecciosas, como un gran problema para la patología del perro. Normalmente son afectados los ejemplares menores de un año y, de manera particular, los perros entre los 6 y los 12 meses de vida. El virus del moquillo es un paramyxovirus, y es perfectamente acertada la relación antigénica entre éste y el virus del sarampión humano. El niño que ha vivido en estrecho contacto con un perro que ha estado afectado de esta enfermedad, difícilmente contraerá el sarampión, ya que los anticuerpos producidos por su organismo en el período durante el cual estuvo con aquél, están en condiciones de impedir que el virus del sarampión lo ataque.El virus del moquillo es sensible al calor, a la luz y parece que es incapaz de sobrevivir al pasaje a través del estómago y el intestino delgado del perro, por lo cual, la vía respiratoria está considerada como el lugar más probable de penetración del virus. Por tanto, las formas de transmisión se llevan cabo, sobre todo, por contacto directo entre individuos sanos y enfermos, aunque también puede hacerse por la contaminación de los ambientes. El virus desarrolla, primeramente, su actividad en la faringe y las amígdalas palatinas, para luego invadir la circulación linfática y localizarse en los epitelios de todo el organismo. El grado de afección de las estructuras epiteliales y del sistema nervioso es muy variable de individuo a individuo. Síntomas. El cuadro clínico es extremadamente variable, porque está determinado por la edad del ejemplar, las características de la localización del virus y la posibilidad de irrupción de gérmenes secundarios, que con frecuencia acompañan y complican el moquillo. En los cachorros de 4 a 6 semanas de vida, la mortalidad es muy elevada, hay inapetencia, diarrea con catarro y sangre, y grave deshidratación. En los perros mayores de doce semanas de vida, la temperatura es de 40° C durante un período de dos días, a lo cual sigue remisión por otros dos o tres, acompañada de inapetencia, congestión y exudación serotos intermitente, a veces vómito y diarrea. A este breve período sigue un ascenso de la temperatura por la duración de la enfermedad, con síntomas de bronquitis, broncopulmonitis, goteo nasal conjuntival purulento, fotofobia, inyección nasal episcleral, diarrea con sangre, inapetencia completa, erupciones pustulentas en el plano de las almohadillas plantares, sequedad de la trufa que, además, presenta características de agrandamiento. Se puede llegar a la muerte por complicaciones. La encefalitis, que afecta al 50 por 100 de los ejemplares enfermos, puede aparecer después de 10 ó 12 días de terminada la fiebre y causa depresión, dolor muscular, falta de coordinación y movimiento en círculo, crisis epilépticas, muerte. El diagnóstico clínico se realiza fácilmente cuando las manifestaciones son características. En el estadio inicial o en las formas complicadas por bacterias u otros virus es indispensable recurrir a análisis de laboratorio. Se realizan tampones amigdalares, para obtener el antígeno viral (a través de la inmunofluorescencia) y para la búsqueda histológica de los cuerpos inclusos. En el estadio avanzado de la enfermedad, el diagnóstico puede realizarse confrontando el aumento del número de anticuerpos en el espacio de quince días, entre la primera y segunda muestra. Diagnóstico diferencial. Debe realizarse para las enfermedades virales (herpes virus, reo virus, SV 5), en las cuales no hay complicaciones nerviosas, para la eptatis infecciosa, que es causa de anemia y de opacidad de la córnea más a menudo monolateral, para la rabia, en la cual hay caída del tercer párpado, estrabismo y mayor agresividad; para la leptospirosis, donde no hay óculo-conjuntivales; para la toxoplasmosis, donde hay alteraciones respiratorias y nerviosas, pero están ausente las óculo-conjuntivales. En los cachorros, algunas graves parasitosis debidas a coccidias, ascáridos o anquilostomas, pueden desencadenar una sintomatología inscribible en el moquillo. Es, por tanto, importante realizar un examen de las heces. Examen anátomo. El examen anátomo-patológico pone en evidencia las lesiones, en uno o varios aparatos, determinadas por el virus o por el resultado virus más bacterias. Aparato respiratorio. Congestión de las mucosas, presencia de exudado seromucoso y mucupurulento, traqueitis, bronquitis, broncopulmonitis y pulmonitis, miocardiosis, derrame pericárdico hemorrágico, gastritis, enteritis con exudado catarral mucoso y/o fibroso, hiperqueratosis de la trufa y en las almohadillas plantares. Terapia. No existe terapia específica. Los antibióticos de amplio espectro reconducen el daño de las infecciones secundarias sin influir mínimamente en el virus. Es aconsejada una terapia sintomática con mucolíticos (en la forma respiratoria) astringentes (en la forma gastroentérica). En las fases iniciales de la enfermedad está indicado el suministro, en dosis elevadas, de suero hiperinmune. Es, particularmente importante mantener a los ejemplares enfermos en ambiente caldeado, tranquilo, realizando frecuentes limpiezas con gasas o algodón humedecidos, para retirar el abundante exudado nasal y ocular existente. Profilaxis. Se utilizan vacunas vivas atenuadas conjuntamente con el antígeno de la hepatitis o hepatitis infecciosa más leptospira. Debido a que el moquillo es una enfermedad que afecta, fundamentalmente, a los perros jóvenes, es de gran importancia llevar a cabo, oportunamente, las vacunaciones indicadas. Normal mente, un cachorro nacido de perra vacunada pierde totalmente la provisión de anticuerpos, proporcionados por la madre a través del calostro, después de los tres meses de vida. De esto surge la necesidad de vacunar al cachorro a los tres meses de vida y repetirla a los quince días en los lugares donde el moquillo no es frecuente. En cambio, en las zonas donde es endémico, el cachorro deberá ser vacunado a los dos meses de vida, con una repetición a los 15 o 30 días. La cantidad de anticuerpos capaz de garantizar el estado de inmunidad en el perro está presente ocho días después de la vacunación. Para los ejemplares adultos es conveniente que la vacunación se realice, normalmente, una vez al año.
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